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Testimonios de terapia

Estaba ciego y ahora veo

No soy una persona religiosa, ni muy espiritual, soy un humanista convencido, pero no logro pensar en una frase que describa mejor lo que siento respecto a la terapia y lo que provoca en uno.

Durante años, sentí dentro de mi contradicciones, rabia y miedos que me tenían completamente atenazado, y poder verlos y mirarlos a la cara, me ha liberado en más de un sentido. Es un proceso duro, complicado y no muy agradable en mucho de los casos, y sin embargo, no dudo al afirmar que es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida.

Yo empecé la terapia, como casi todas las personas que la hacen, por un motivo concreto del aquí y ahora, y después de siete años, miro atrás y me doy cuenta de todas las cosas que he resuelto, perdonado y superado. Podría hablar de los mil ejemplos por los que me alegro de haber realizado este proceso; dejé de fumar después de 16 años; me saqué el carné de conducir a los 33; trabajo en lo que siempre he querido trabajar; y logré, por fin, tener una relación de pareja sana y adulta, y ahora estoy esperando mi primera hija. Pero en realidad, si lo pienso bien, por lo que más me alegro de haber hecho terapia, es por la paz que tengo en el corazón después de todo el miedo que he sacado fuera. Un miedo que tenía mi vida paralizada y en suspenso. Un miedo que me impedía avanzar y hacer lo que realmente quería hacer con mi vida.

Y tengo que hablar de mi terapeuta… qué decir de mi terapeuta. Supongo que habrá una ración grande de transferencia, pero haberme encontrado con ese hombre es uno de los regalos de mi vida. Su generosidad, su cariño, su talento y sabiduría, han sido vitales en mi cambio. El tipo de terapia que hacemos es grupal y por lo tanto mis compañeros de grupo son tan importantes en el proceso como el propio terapeuta, y en esto también he tenido fortuna, porque han sido todos, seres maravillosos y luminosos. El vínculo que se crea con el terapeuta y los compañeros es una de las cosas más asombrosas que he descubierto en este viaje. Tanto, tanto amor…

Cada quince días, cuando toca ir a terapia, no puedo evitar pensar que es un gusto ir, y ver a mis compis y a mi querido Pepe, y sacar emociones a su lado, y sanar el “allí y entonces” para poder disfrutar a tope del “aquí y ahora”. Y por supuesto, que hay veces que siento que puedo caer en los antiguos patrones de comportamiento, pero la diferencia es que, de inmediato, me doy cuenta de ello, y veo la patología como si llevase gafas de visión nocturna, logro ver el daño, y eso me libera, porque una vez que logras verlo, no hay vuelta atrás.

Como decía antes, estaba ciego y ahora veo.

Antonio